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martes, 12 de julio de 2016

Hablé con siete pilos de la Javeriana sobre la supuesta discriminación, y esto fue lo que dijeron

Hace días leí un artículo en El Chontaduro que se titulaba 'Así es el infierno que vivo por ser becado en la Javeriana'. Aunque debo decir que jamás he confiado en ese portal, me llamó la atención que algo de tal magnitud pudiera estar ocurriendo. Y me alertó más todavía porque yo estudié nueve semestres becada en esa universidad, me gradué de allá y jamás, jamás fui blanco de ningún tipo de rechazo. Por el contrario, mi condición de becada generaba admiración entre mis compañeros que luchaban semestre a semestre por ganarse alguno de los reconocimientos a la excelencia.

No le creí ni una palabra a ese escrito lleno de clichés, como ya lo dije. Sin embargo, decidí darle el  beneficio de la duda y me conseguí los teléfonos de siete estudiantes beneficiados con el programa 'Ser pilo paga' para preguntarles cómo les había ido y qué tanta discriminación habían sentido desde que estudiaban en la Javeriana. La respuesta uniforme se resume en una palabra: "Ninguna".

Coincidieron en que habían leído el artículo y les había parecido bastante mal intencionado. Juana, Julián, Juan David, Maryam, Melissa, Juan José y Luisa, estudiantes Arquitectura, Ingeniría Civil, Ciencia Política, Derecho y Diseño de la Comunicación Visual, aseguraron nunca haber sido víctimas o testigos de burlas o comentarios venenosos por ser 'pilos'.

Claro, en todas las universidades hay compañeros recocheros y que hacen bromas pasadas de tono. También en el colegio, en el trabajo, en toda parte... y de esto son conscientes mis 'pilos', pero no son motivos para causar semejante revuelo. Aquí les copio parte de sus testimonios:

"Nunca he tenido ese tipo de problemas, hasta ahora no he sido discriminado. La mayoría de mis amigos de la u no son becados, pero sí conozco a muchos becados que tienen un círculo social muy cerrado... se relacionan solamente con gente becada, es como si ellos mismos pusieran esa barrera". Julián.

"No he sentido burlas ni bullying, realmente a mí nunca me han hablado mal ni me han dicho groserías y no he visto que a alguno de mis compañeros le haya pasado eso. Cuando voy a reclamar el almuerzo y debo poner mi huella, alguna gente me mira extraño. Sin embargo pienso que no hay que ponerle cuidado a esas cosas, si nos ganamos una beca fue por inteligentes entonces es ilógico pensar en lo que puede que digan. En mi carrera todos son compañeros de los becados". Juana, bachiller del Instituto Técnico Aquileo Parra, de Barichara (Santander)

"Mi experiencia ha sido muy buena, tengo unos muy buenos compañeros y somos muy unidos. Los profesores siempre están pendientes e intentando ayudarnos, de verdad me he sentido superbién en la universidad, estoy muy contenta y en ningún momento me he sentido rechazada". Melissa, bachiller de la I.E. María Antonia Ruiz, de Tuluá.

"No entiendo por qué hay un supuesto pilo que dice eso. Por mi parte debo decir que nunca he sido víctima del bullying o desprecio. La gente de la universidad es muy amable y cálida. He hablado con otros pilos a ver cómo se sienten y me han dicho que a veces los culpan cuando se pierden cosas, pero no sé hasta qué punto sea cierto porque me lo contó alguien ajeno al hecho". Juan David, bachiller del Colegio Integrado Cristo Rey, de Armenia.

"Desde que empecé la carrera, mi experiencia ha sido muy gratificante. Todas las personas con las que me he encontrado son maravillosas, jamás me he sentido discriminada ni hecha a un lado por parte de los estudiantes, los 'profes' o alguien de la universidad. Tengo varios amigos pilos javerianos y ninguno se ha sentido discriminación. Para mí ha sido maravilloso tener la oportunidad de estudiar en esta universidad que abre tantas puertas. Solo he sentido una actitud incómoda por parte de una de las personas que atienden en un restaurante, pero ya hablamos con la jefe para que dejara de ser odiosa con los becados". Luisa, bachiller del colegio Isaías Gamboa.

"No tengo quejas de la universidad, lo acoge mucho a uno y pone al personal a nuestra disposición para que nos colaboren en todo. Tampoco he tenido problemas con mis compañeros, creo que muchas veces las barreras se las ponen las mismas personas...". Juan José, bachiller de la IE Cárdenas Centro, de Palmira.

"La oportunidad de estudiar en la Javeriana ha sido muy grata porque he hecho muchos copañeros y no solo de mi carrera sino de otras facultades. Los profesores también son muy amables, nos ayudan mucho durante el semestre. Cuando empezamos a estudiar nos presentaron a un 'padrino javeriano' y es muy bonito que alguien esté ahí para ayudarlo a uno y estar pendiente del proceso de adaptación". Maryam, bachiller de la IE San José, de La Unión.

¿Qué pasó entonces con el supuesto pilo al que le gritaban "Guiso, marginal, ¿por qué no volvés a tu favela?", ¿estaría mintiendo el supuesto Nelson?, ¿El Chontaduro quiere viralizar contenido a toda costa, haciendo un 'periodismo' sucio e irresponsable? No lo sé. En todo caso, creo que siete es un buen número de experiencias y no es gratuito que todas coincidan en que... ¡esa tal discriminación no existe!

Dato clave:
La Universidad Javeriana Cali ha desarrollado un programa de alistamiento para los pilos que ingresan a la institución. Durante dos semanas previas al inicio de clases se les dan refuerzos en matemáticas y lectoescritura, y se les ofrecen recorridos por el campus para que conozcan todos sus espacios. Además hay un proceso de acompañamiento durante todo el semestre: los trabajadores se convierten en padrinos de los pilos para despejar todas sus dudas y estar pendientes de su desempeño en la universidad.

domingo, 19 de junio de 2016

Soñarlo de nuevo


Anoche soñé con mi primo. En ese mágico escenario onírico, él se interponía en mi camino y me saludaba con esa sonrisa de siempre, con la que aún lo recuerdo a diario. Me decía que se había devuelto del país en el que vive hace algunos años porque allá no había oportunidades laborales, entonces que se venía 'del todo'.

Siento en mi cuerpo el abrazo que le di en el sueño. Puedo recordarlo y revivirlo. El beso que le di en la mejilla, la sonrisa que le regalé de vuelta. Las palabras que intercambiamos antes de que yo diera la vuelta en la cama y empezara a soñarme otra cosa seguramente no tan divertida.

La semana pasada cumplió años. 26, tres más que yo. De esos, casi 14 los disfrutamos juntos: jugamos, peleamos, aprendimos y nos ganamos varios regaños por todas nuestras travesuras. Siempre lo vi como mi hermano, más hermano que todos mis hermanos porque en ese entonces ellos estaban muy pequeños y no compartíamos los mismos gustos.

No pude felicitarlo, no tuve cómo. Ni siquiera las redes sociales fueron cómplices ese día, curiosamente una vez dejó de estar entre mis amigos de Facebook. Hasta hace algún tiempo le reclame con rabia a la vida que me lo hubiera quitado de esa forma, que nuestras vidas hubieran empezado a construirse de formas tan distintas. Que mientras yo seguía siendo la mejor estudiante de mi colegio, él hubiera decidido abandonar el suyo. Que mientras yo devoraba libros, él prefería devorar cigarrillos... sobre todo esos que no tienen marca. Que mientras yo planeaba todo mi futuro académico, él se quedara planeando cuál iba a ser su próxima fechoría para ganarse algo de dinero 'fácil'.

En mi cabeza permanecía una pregunta constante: ¿por qué te fuiste, por qué me dejaste? ¿Por qué de esa forma? Sin embargo, hace poco decidí despojarme de todas esas culpas y dejé de pensar en lo que pudo ser. Las cosas son así, no pudieron haber sido de otra forma, no fueron de otra forma. La realidad es otra y a partir de ahí debo empezar a construir. Los recuerdos, en ocasiones, terminan siendo un arma de tortura.

Me gustaría que él leyera esto, que me recordara, que supiera cuánto lo quiero. Me gustaría decirle que aquí sigo estando yo por si necesita algo, por si quiere hablar, por si quiere contarme algo de su vida. Me gustaría decirle que aún siento ese abrazo del sueño y el otro que le di en diciembre cuando vino un par de días de visita. Me gustaría que supiera que le deseo lo mejor, que respeto las decisiones que ha tomado, que todos los días le mando un millón de bendiciones para que las cosas le salgan bien.

Me gustaría decirle que no hay culpas, que no hay reclamos, que todo está bien; que feliz cumpleaños, que mis mejores deseos, que muchas felicidades; que ya lo perdoné por decirme gorda, que me perdone por decirle enano; que todo bien por el negocio de burbujas de jabón que no nos prosperó porque él le reveló la receta a nuestros clientes; que siempre que veo a su hermanito, a mi Cami, lo recuerdo a él y lo veo dibujado en esa misma sonrisa. Y que aquí sigo yo, que aquí estaré siempre.

Ojalá esta noche pueda soñarlo de nuevo.

jueves, 19 de mayo de 2016

Duda

Quizá se trate simplemente de disfrutar, de divertirse, de pasarla bien. Sea cual sea la situación, todo termina en una sublime calma luego de esa angustia aparentemente interminable. ¿Qué va pasar? No lo sabemos. Vamos a veces por nuestras vidas mirando sin mirar, como quien ve llover. Como quien no aprecia la lluvia, como quien no se deleita con ella. Como quien no siente ganas de vivir.

¿Vivir? Un verbo, cinco letras, dos vocales, doble v y ese sonido que nos rasca el paladar. ¿De qué se trata todo esto? ¿Por qué van y vienen los dolores, los sufrimientos, las quejas, los desencantos? ¿Por qué no se quedan un ratico más la alegría, la tranquilidad, las mariposas en el estómago? Quizá se trate simplemente de disfrutar, de divertirse, de pasarla bien. Quizá se trate de aprender y no volver a cometer los mismos errores, de utilizar la culpa solo cuando de ella nacen impulsos de cambio y no cuando cuando está ahí para seguirnos desgarrando.

¿De qué se trata todo esto? No lo sabemos. Quizá se trate de necesitar al otro porque vemos en él eso de lo que no tenemos tanto, de formar complementos, de cruzar el camino en parejas o grupos. Todo tendría menos sentido aún si fuéramos seres completos, sin necesidad de los demás, sin deseo de los demás.

Toda mi vida me he sentido rota. Es esa y solo esa la respuesta que siempre he querido dar luego del común “¿Cómo estás?”. Rota, estoy rota. Me falta algo, no me siento completa, ¿de qué se trata todo esto? Andará por ahí más de uno que se siente igual, pero camufla todo eso en un escueto “bien”. Y sí, a fin de cuentas si todos estamos rotos, todo estamos bien. ¿Qué va a pasar? No lo sabemos.


Tantos dolores encerrados en tantos cuerpos, tantas historias caminando en la calle. Tantas cosas por decir, tantas cosas jamás dichas. Tantas cosas mías, tantas de vos. Esos “te extraño”, “me haces falta”, “te necesito”, “no te demores tanto”. No nos demoremos tanto. Esos “no sé si quiera”, “tengo miedo”, “ahora no puedo”. Esos abrazos que se quedaron solo en ganas, esos besos que preferimos dejar para más tarde. El egoísmo, la culpa, el dolor. ¿De qué se trata todo esto? Quizá se trate simplemente de disfrutar, de divertirse, de pasarla bien. Quizá se trate de aprender y no volver a cometer los mismos errores. 

martes, 3 de mayo de 2016

Vida

De repente te das cuenta de que todo puede cambiar, de que en un minúsculo instante y tras unas cuantas palabras la vida deja de ser la misma. Llegan las dudas, las inseguridades, los reproches; aparecen la desesperanza, el llanto imparable, los 'todo va a estar bien'; hay días en los que parece encenderse la luz, pero al momento te cubre una oscuridad avasalladora.

Esos ratos de angustia en el que todas las heridas se abren al tiempo pintan también una oportunidad perfecta para empezar a sanar, para tomar la decisión de curarse, renovarse y reconocerse. Invitan a reflexionar cómo vemos al otro y, sobre todo, cómo nos vemos a nosotros mismos. Qué líos queríamos que nos resolvieran, qué dolores intentamos excusar en él, en ella, en ellos. Es duro. Duele.

Sin embargo, aunque las únicas ganas que sienta al día sean las de salir corriendo y pedirle perdón, sé que esta vez debo dejar actuar al tiempo. Será él quien, en compañía de mi trabajo profundo, me muestre el camino. Será él quien disipe toda la niebla, quien me invite a tomar decisiones sinceras.

Es fuerte cuando un día dejas el rol de conductor de tren y te animas a ser un surfista. Para el conductor, el camino siempre es el mismo. Podría decirse que casi tiene todo bajo control, su ruta en la vida no le exige mayores esfuerzos. Por su parte, el surfista debe enfrentarse a una cantidad de olas incontables, innombrables, inesperadas. Decide saltar, mojarse, intentarlo. Permite que le ardan los ojos y al final, en un final feliz, logra salir de aquel mar turbulento.

Abandoné mi tren y me lancé al agua. Es curioso ver cómo las olas traen consigo líos que pensé que ya estaban resueltos, pero que por el contrario siguen ahí… ahí, esperando a que logre superarlos con mi tabla. He tragado agua salada como nunca antes en mi vida, y yo que soy experta en tragar agua...

¿Es posible amar sin estar, sentir sin tocar, hablar sin decir? Claro, es posible. Yo todos los días le hablo, todos los días lo siento, todos los días lo amo. Desde la distancia, me da por pensar que él también lo hace: todos los días me habla, todos los días me siente, todos los días me ama. Todos los días le digo que debe confiar, es necesario confiar. Los vuelos más hermosos no los ven las aves desde el suelo sino que los viven en el aire. Todos los días le digo que confío. Confío en él, en mí. Confío en nosotros juntos y en cada uno por separado.

Confío en que la recuperación va a ser exitosa, en que van a cicatrizar las heridas que en algún momento se pusieron tan sensibles. Y va a estar bien si al final nos encontramos en el agua, en el cielo o en la tierra. Donde sea. Va a estar bien también si no nos volvemos a encontrar. Va a estar bien seguirnos comunicando desde la distancia o volver a hacerlo mirándonos a los ojos. Eso es vivir, y vivir está bien.

¿Es posible amar sin estar, sentir sin tocar, hablar sin decir? Todos los días le cuento mis días y hago un esfuerzo por escuchar los suyos. Lo siento. Yo lo siento. De repente las letras se hacen inútiles cuando la comunicación se da a través del aire, de la energía, del amor. Las letras, mis amadas letras, a veces no entienden estos lenguajes.

Llega de pronto una ola que parece hundirte en el océano, llega de repente un viento que parece fracturarte las alas fuertes. Llega así como llegan tantas cosas en la vida, como llegan las alegrías y los dolores: llegan de forma inesperada. ¿Qué sentido tendría saber todo nuestro futuro, saber qué vueltas dará el camino? Resulta quizá más divertido estar ahí, pendiente para lidiar con todo, dispuesto a superar. Superarse, renovarse, reconocerse. Ser fuerte, valiente y capaz. Fuerte, valiente y capaz.

lunes, 21 de marzo de 2016

Miedo

Cuando tenía cinco años mi miedo más grande era pensar en el diablo. Me daba rabia conmigo misma cuando permitía que este sujeto se atravesara en mis pensamientos y repetía casi de inmediato “el diablo es malo, no debo pensar en esas cosas”. Quizás un día alguien me había hablado de la maldad que se le atribuye a este ser y desde ese entonces, como un gesto de inocente terquedad, había empezado a pensar en él con exagerada frecuencia y esto me generaba cierto sentimiento de culpa.

En mi mente aparecía como un viejo con cachos y capa roja, idéntico al de los disfraces que veía todos los diciembres. Recuerdo que en una ocasión vi una película en la que dos niños construían un avión de madera y se echaban a volar en él, pero la aventura terminaba en un siniestro que les dejaba varios huesos rotos. Le eché, por supuesto, la culpa al diablo y de inmediato se reavivaron mis pensamientos en ese cachón. “El diablo es malo, no debo pensar en esas cosas”, repetí una vez más.

Pero un día, en uno de esos ataques repentinos de madurés que llegan a los seis años de edad, decidí que no le iba a seguir teniendo miedo a algo que solamente existía en mi imaginación. ¿Acaso alguna vez había visto a ese supuesto diablo?¿había experimentado su presencia? La respuesta a todas mis preguntas fue un rotundo no. A fin de cuentas, el viejito bigotudo no me había hecho nada malo, no debía odiarlo sin razón. Y entonces de ahí en adelante, cuando ocasionalmente asaltaba mis pensamientos, le echaba un saludo y me concentraba de inmediato en cualquier otro tema.

Hoy, a mis 23 años, estoy viviendo quizá la situación más compleja por la que he pasado en toda mi vida y que me suscita varios miedos aún no superados. La vida me ha puesto en medio del proceso de separación de las dos personas que me trajeron al mundo. No estoy sola, claro, me acompañan en este camino espinoso mis dos hermanos menores.

La elección está hecha sin duda alguna: los tres hijos se van con la mamá. Es lo más lógico en una familia en la que nunca existió una relación del todo cercana entre el papá y sus muchachos: los abrazos se reemplazaron muchas veces por palmadas en el hombro, los besos fueron bastante esquivos y las palabras de afecto no fueron frecuentes en los oídos de ninguna de las partes.

Sin embargo, a pesar de todas sus fallas, queda en este hombre un gran pedazo de la vida así no sepamos si algún día volveremos a encontrarnos, así él haya dicho que no quiere saber nada de nadie cuando vivamos en casas separadas.

¿Podrán dejar los padres algún día de ser padres? ¿podremos dejar los hijos algún día de ser hijos? ¿Se podrán olvidar esos lazos con la misma facilidad con la que uno olvida qué ropa se puso la semana pasada?

Tengo miedo, no lo puedo evitar. Escribo entonces algo a modo de catarsis y aprovecho para recordar que a mis cinco años sentía un miedo tan incómodo como el que quizá siento ahora. Las situaciones no son parecidas, claro, pero coinciden en el hecho de que nacen en mi imaginación. Eso es. Asustarse con el futuro es asustarse con la propia imaginación. Nadie, por sabio que sea, sabe qué va a pasar mañana.

viernes, 22 de enero de 2016

Prestarle plata a un amigo

Prestarle dinero a un amigo requiere tener la fortaleza de alma para entender que esa arriesgada hazaña puede terminar en toda una tragedia. Requiere ser valiente de corazón para que, en caso de que por líos económicos la amistad llegue a su fin, la nostalgia no se torne en un odio repentino.

Una amistad no debería medirse con números, mucho menos si están antecedidos por el signo de pesos. Lo doloroso de la situación es el poco valor que termina teniendo la palabra de alguien en quien alguna vez uno confió por completo, el desperdicio de promesas que jamás se cumplieron y el juego con una relación que tardó varios años en construirse.

Por supuesto no soy una estudiosa del tema, hoy simplemente hablo desde mi experiencia. Camilo me quedó debiendo una cifra con varios ceros y desde entonces su ausencia en mi vida fue bastante notoria. Se hicieron escasos hasta los saludos por redes sociales y los encuentros esporádicos murieron por completo.

Parecía entonces que esa cifra y su vergüenza por el compromiso incumplido fueran más fuertes que los 14 años que llevábamos siendo amigos, más de la mitad de la vida de cada uno. Era como si alguna vez la persona que había conocido a los 9 años y a quien le había confiado mis tazos en repetidas ocasiones hubiera mutado completamente con la llegada de la maldita adultez.

Nunca apareció ni siquiera para decirme que no me podía pagar, que le condonara la deuda. No fue capaz de responder ni uno de mis mensajes ni de devolverme las llamadas que le hice varias veces. Se desapareció, prefirió incluso cambiar sus rutas para asegurarse de que no nos íbamos a cruzar en el camino.


Me es difícil confiar en alguien que no le otorga valor a algo tan sublime y tan complejo como la palabra. Prestarle plata a un amigo requiere tener la plena conciencia de que se puede sufrir una doble pérdida. 

jueves, 27 de agosto de 2015

A mi amigo Carlos, en sus casi 30

Tenemos algo en común. Ambos nos comemos las uñas. Apareció frente a mí, literalmente, un jueves del 2009 en el que iniciábamos una carrera universitaria: la primera mía y la tercera suya. En el salón de clases, desde la silla de atrás, pude observarlo muy cómodo en su puesto, mordiéndose los dedos con ímpetu.

Al final de la cátedra se acercó a mí con una actitud de ‘quiero ser tu amigo’. Y entonces le respondí con mi actitud de ‘sí, de una’. Ha pasado ya seis años desde aquella vez. Compartimos otras cuantas materias y unas clases de teatro en las que incluso tuvimos que besarnos. ¡Con qué dificultad me confesó su nerviosismo porque hace rato no besaba a una mujer!

Ambos fortalecimos nuestros vínculos, nos llenamos de momentos agradables y nos enamoramos de una profesión en la que nos estábamos formando. Hicimos fiestas en su casa y una vez jugué guerra de almohadas en la cama de su mamá mientras ella estaba de viaje (doña Orfa, perdóneme). En el 2011 nos aventuramos y nos fuimos de intercambio. Yo, sin un peso. Él, con muy pocos… pero ambos con unas ganas inmensas de conquistar una ciudad en la que las oportunidades parecían ser mejores.

Allá, en ‘la nevera’, fui víctima de sus dotes culinarios: una vez le echó demasiadas 'especias' a la sopa y me puso a ver lucecitas en el cielo por unas cuantas horas. Me animó a probar sus famosos huevos con atún, una combinación que aún me parece incomprensible, y me permitió dormir en su cama todas las veces que no quise ir hasta mi casa para poder dormir un poco más al día siguiente antes de entrar a la universidad. Él vivía al frente.

Hoy está cumpliendo 28. Compañero de batallas incontables, de subidas y bajadas de ánimo, de preocupaciones sin sentido y de inmensas alegrías, Carlos siempre tiene las palabras precisas ante todos los problemas: “No sé qué hacer”. Pero detrás de esa respuesta escueta se esconden un sinnúmero de posibilidades, una gama de opciones para afrontar la vida y una  multiplicidad de caminos para elegir. Y él siempre ha elegido el correcto… porque lo que uno escoge es lo correcto, resulta imposible saber “qué hubiera pasado si”.

A sus ya mencionados huevos con atún se le suman otras pilatunas como huir cuando alguien en la universidad fotografió nuestra venta de sándwiches para delatarnos con los directivos. La señora, con un odio bastante cordial, se disculpó por habernos tomado esa foto. Y entonces Carlos le respondió con la frase más acertada que he escuchado en mi vida: “¡Pues si le da pena entonces no lo haga!”.

En otra ocasión decidimos dejar los pretextos y empezar a hacer ejercicio en un sitio poco convencional: trotábamos por toda la universidad, por los salones, por los pasillos, por las zonas verdes. 

Y escribimos crónicas y vimos películas. Y matamos penas de amores y comimos hasta no poder más.  Y me prestó sus libros y le compartí mis textos. Y así, entre letras, risas y aventuras, formamos algo muy lindo que comúnmente se llama amistad.


Lo conozco tanto que sé que ya está llorando.

¡Feliz cumpleaños, campeón de la vida!